Uno tiene mil maneras de en español de buscar sinónimos para hablar de amenazas y avisos continuados. Aquello del "que viene el lobo", el cántaro y la fuente, lo de tirar de la cuerda... no será por historias, juegos de palabras o metáforas.
Exactamente ese es el riesgo que se corre con la guerra arancelaria que ha abierto
Donald Trump. Desde que llegó a la
Casa Blanca, el nuevo presidente de los Estados Unidos no deja de lanzar amenazas de nuevos aranceles, mensajes incendiarios contra sus propios aliados (o los que se consideraban aliados hasta no hace tanto) y más y más declaraciones en las que lo mismo se ataca a los europeos que a mexicanos y canadienses.
Y, por el camino... poco o nada aplicable. Porque aunque Estados Unidos aplica desde el 2 de abril un arancel del 25% a los automóviles que pasan por sus fronteras y a las piezas que ayudan a fabricarlos, así como al acero y al aluminio (además claves en la industria automotriz).
Los cacareados aranceles a estos dos países vecinos están suspendidos. El 2 de abril se han anunciado aranceles a la práctica totalidad del mundo. Deberían entrar en vigor el 9 de abril. Sí, hablamos del 20% de arancel a todo producto europeo y hasta del arancel del 10% aplicado a una isla deshabitada. O, al menos, solo habitada por pingüinos y focas.